El cáncer de pulmón acapara casi todo el espacio cuando se habla de tabaco y cáncer. Con razón: es, de lejos, la primera causa. Pero el tabaco también está implicado en al menos una docena de otros cánceres, a menudo ignorados por el público, y la buena noticia es que el riesgo empieza a bajar mucho más rápido de lo que se suele pensar tras dejarlo.
El tabaco afecta a muchos más órganos que los pulmones
Según el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC, la agencia especializada de la OMS), el humo del tabaco está clasificado como cancerígeno cierto para el ser humano y se relaciona con cánceres de boca, laringe, esófago, estómago, páncreas, hígado, riñón, vejiga, cuello uterino y colon-recto, además del pulmón. El tabaco actúa aquí de dos formas: por contacto directo de los tejidos con el humo, y por las sustancias cancerígenas absorbidas y luego repartidas por todo el organismo a través de la sangre.
El calendario real de la bajada del riesgo
Según la American Cancer Society, que resume las grandes cohortes de seguimiento sobre el tema, el riesgo de cánceres de boca, garganta, esófago y vejiga se reduce aproximadamente a la mitad a los 5 años sin fumar. A los 10 años, el riesgo de morir por cáncer de pulmón cae a alrededor de la mitad del de una persona que sigue fumando, y el riesgo de cánceres de laringe y páncreas también disminuye de forma clara.
Esta bajada no espera 20 o 30 años para empezar: ya es medible tras unos pocos años, y sigue mejorando después. El riesgo, en cambio, nunca llega a ser estrictamente idéntico al de alguien que nunca fumó, lo que hace que dejarlo pronto sea aún más decisivo: dejarlo a los 40 en lugar de a los 60 cambia mucho la trayectoria de riesgo acumulada a lo largo de la vida.
Por qué el riesgo nunca vuelve del todo a cero
Cada año de tabaco deja daños celulares (mutaciones del ADN en los tejidos expuestos) que no desaparecen todos de golpe al dejarlo. Lo que hace el abandono es detener la acumulación de nuevos daños y dejar que el cuerpo repare lo que puede, un proceso que explica por qué la curva de riesgo baja de forma progresiva en lugar de caer de golpe.
- 5 años sin fumar: riesgo de cánceres de boca, garganta, esófago y vejiga reducido aproximadamente a la mitad.
- 10 años sin fumar: riesgo de morir por cáncer de pulmón reducido aproximadamente a la mitad frente a alguien que sigue fumando.
- Más allá de 10 años: el riesgo sigue bajando para la mayoría de los cánceres relacionados con el tabaco, sin llegar nunca del todo al de alguien que no fuma.
Qué cambia esto en la práctica
Este calendario también explica por qué tantas personas cuentan que dejaron de fumar tras un cáncer o una enfermedad grave en alguien cercano más que por miedo por sí mismas: el vínculo entre tabaco y cáncer suele seguir siendo abstracto hasta que toca a alguien conocido. El tabaco también afecta a la fertilidad mediante mecanismos celulares bastante parecidos, otra consecuencia poco mencionada.
