Al pensar en dejar de fumar, solemos centrarnos en los riesgos para uno mismo. Rara vez en los que, sin quererlo, se transmiten a quienes comparten el mismo aire: la pareja, los hijos, los compañeros de piso. Lo que dice la ciencia sobre el tabaquismo pasivo cambia bastante esa perspectiva.
Lo que representa realmente el humo de los demás, en cifras
Según la OMS, el tabaquismo pasivo causa unas 600.000 muertes prematuras al año en el mundo, el 64% de ellas entre mujeres. El humo de segunda mano contiene alrededor de 7.000 sustancias químicas, al menos 70 de ellas clasificadas como cancerígenas.
Los niños, en primera línea
El organismo de un niño, menos desarrollado que el de un adulto, sufre más los efectos de esta exposición: infecciones respiratorias más frecuentes y graves, otitis de repetición, función pulmonar reducida, y un riesgo de muerte súbita del lactante que se duplica en los bebés expuestos. En algunos países de la región europea de la OMS, hasta el 60% de los niños está expuesto al humo de segunda mano en casa.
Lo que cambia realmente al dejarlo
El beneficio no es simbólico: en cuanto alguien deja de fumar en casa, la exposición de quienes lo rodean cae de inmediato, sin la espera de varios meses que necesitan algunos beneficios de salud para el propio fumador. En el caso de una mujer embarazada, el efecto está documentado ya desde las primeras semanas de dejarlo, con un impacto directo en el desarrollo del bebé.
Una motivación distinta, a veces más fuerte de lo esperado
Muchas personas que han conseguido dejarlo cuentan que el detonante no fue la preocupación por su propia salud, sino por la de otra persona. No es una motivación menos legítima que las demás: es simplemente otra puerta de entrada a la misma decisión, igual de eficaz para mantenerla en el tiempo, sobre todo con un acompañamiento profesional adecuado.
